
En un momento concreto y de forma precipitada podemos cometer un error con un ser querido, con un familiar o con alguna de nuestras amistades. Una conducta de la que más tarde, recapacitando, nos damos cuenta de que estábamos equivocados, que cometimos un terrible error.
Como es habitual, pedimos las disculpas oportunas y la mayoría de las veces somos sinceramente perdonados. La bondad, la nobleza, el buen corazón y el cariño que esa persona nos profesa dará como resultado un perdón auténtico, real, sin rencor ni resentimiento. En estos casos somos afortunados por estar rodeados de buenas personas.
Sentimos vengüenza de nuestra conducta, sentimos un tremendo arrepentimiento más aún cuando la persona ofendida comprende y perdona nuestro error inmediatamente.
Pero, ¿nos perdonamos a nosotros mismos? En ocasiones, los demás nos perdonan antes de que nos perdonemos a nosotros mismos. Ese arrepentimiento, esa vergüenza, hace que tardemos en olvidar que hicimos una ofensa, y retrasa nuestro propio perdón.
Algunos a esto le llaman conciencia. El tener o no tener "la conciencia tranquila", es una expresión que solemos escuchar con frecuencia.
Se puede tener la conciencia tranquila porque símplemente no se tiene conciencia, y por consiguiente no podemos arrepentirnos de algo de lo que no nos sentimos culpables, aunque lo seamos. Son aquellos que no asumen sus errores.
Por otro lado, podemos no tener la conciencia tranquila, aunque seamos inocentes y nuestra culpa sea debido a un mal entendido, a una circunstancia adversa, y a un error, pero sin intención ni maldad. Son aquellos que asumen sus errores y sufren por ellos.
Quizás lo mejor, puede que sea no tener la conciencia tranquila y esperar a que nuestro cerebro olvide y podamos definitivamente perdonarnos a nosotros mismos.
María José Corral Benítez
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