La muerte siempre es caprichosa. A veces nos sorprende inesperadamente arrancando de nuestro lado a quienes más queremos. Otras veces merodea a nuestro alrededor delatándonos y advirtiéndonos de su oscura y cruel presencia; agravando tanto el sufrimiento de aquellos/as que se lleva como el de los/las que se quedan.
La muerte nos acompaña en nuestro caminar, viaja a nuestro lado a la par que lo hace la vida. Vida y muerte, nacer y morir. Surgir y desvanecerse. Alegría y dolor. Ilusión y desgarro. Antónimos que nos provocan los más extremos sentimientos.
La muerte es injusta, no cuida edades ni condiciones. No atiende a situaciones ni momentos. No es delicada ni sensible. Llega con su feroz rugido, con su negro vestido y con su pálido rostro sin importarle nada, sin miramientos; y sin evitar provocar la herida más profunda nos arranca el corazón de cuajo y nos deja una tenebrosa grieta, cuán herida desgarradora, que nunca podrá cerrarse.
Dedico este post a la memoria de mis familiares fallecidos, amigos/as y familiares de mis amigos/as que tanto echamos de menos y que nunca olvidaremos cuya pérdida será irreparable por el amor o el cariño que hacia ellos y ellas sentíamos.
Elegía a Ramón Sijé - Miguel Hernández
(En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, a quien tanto quería)
Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado
que por doler me duele hasta el aliento.
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.
No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.
En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.
Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.
Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
Nuestra querida amiga Ana, que en paz descanse, tocaba la guitarra mientras yo recitaba y cantaba este poema. Cierro los ojos y lo vuelvo a hacer mentalmente revivivendo momentos pasados. Momentos en compañía de amigos y amigas que ya no están entre nosotros (Ana, Francisco, José Manuel ...) , y en otros que han sufrido el mazazo inesperado y tremendo de la pérdida de su más preciado tesoro (Javier).
María José Corral Benítez
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